Iglesia Parroquial San Pedro Apóstol en Buñol

El Beato Darío

Proceso de Beatificación

Testimonios incluidos en el proceso de Beatificación y entregados al párroco de San Pedro Apóstol de Buñol, por Vicenta y Octavia, sobrinas del Beato P. Darío Hernández Morató.

Los padres propósito y Ministro de la Casa Profesa de Valencia celebraban, desde el primer día, en el oratorio doméstico de D. Luis Verges, plaza de Nules, 2: el P. Darío a la 7 y el P. Perera a las 8:30; y después de tomar el desayuno en familia, se retiraban a sus habitaciones. Iba a verles el P. Puche, bien disfrazado, y llevando un cántaro lechero que tenía al pie un depósito para las sagradas formas que administraba a domicilio. «Yo les comunicaba las noticias que oía en mis correrías», dice el P. Puche. También iba mucho allí el H. Orengo.

Comían también en familia, comentaban los acontecimientos y se retiraban. A media tarde solía salir el P. Propósito pues no tenia miedo. Una de las veces, al anochecer, se llegó hasta la iglesia de la Compañía, y a la vuelta dijo que seguía sin más novedad que la falta del cuadro de Juan de Juanes, trasladado al Museo, «ya volverá», dijo, pues ya lo quitaron en la otra revolución y volvió.

A las 9:30 cenaban; bajaba del segundo piso el P. Pelufo, y comentaban las noticias oídas por radio. Este P. Provincial de los franciscanos fue asesinado poco después en Algemesí.

El día 25 avisó la portera de que iban a registrar la casa. Eran las 5:30 de la tarde. Comulgaron todos, se marcharon los Padres, se escondieron los ornamentos, y aun se pudo avisar por teléfono a la Policía, que todavía actuaba, y algo se contuvo a los asaltantes, pues estos se excusaron con que se habían equivocado.

El P. Perera ya no volvió. En cambio, el P. Darío y el H. Conti volvieron a la hora de cenar y siguieron su vida ordinaria.

El día 28 comieron en casa los dos hijos de D. Luis, tenientes de Ingenieros; el 29, ya solo uno, Luis, el cual se fue en seguida, pues aquella noche asaltaron los rojos el cuartel de Paterna: noticia que supo la buena familia a la mañana siguiente al desayunarse con el P. Darío, como también la de su aprisionamiento.

El día de San Ignacio se conmemoró con una funcioncita vespertina en el oratorio, leyendo el H. Conti las oraciones.

El domingo 2 de agosto Padre y Hermano aun lo pasaron en casa. El lunes, después de celebrar, ya fueron a esconderse en un piso desalquilado, bien amueblado, en la casa de los Sótanos de al calle de San Vicente, que les ofreció D. Eduardo Pérez Aguirre y su señora Dª Flora González, de Navarra. Con todo, aun aquella semana fue el P. Darío algún día a la plaza de Nules para celebrar. La familia cree recordar que el día 6 comieron el Padre Darío y el Hermano con ellos, y que por la tarde hubo registro en toda la casa. Ambos se escondieron en el segundo piso; pero pasado el peligro, bajaron otra vez; pernoctaron, y a la mañana siguiente, después de cenar, se marcharon ya para no volver.

Al piso de los Sótanos les fueron enviando los señores Verges la comida y la cena, primero por el mismo H. Conti, por el chófer después. Cuando desapareció el Hermano, dijo Dª Concha Escofet al Padre que, pues en el piso podía hacer uso de todo, allí iría Rosario para hacerle la cocina, proveyéndole ellos de todo lo necesario.

Allí le visitaba también el P. Puche, que ya vivía en la Posada Numantina. «Busqué, cuenta este Padre, otro refugio en la calle Eixarchs, en la Posada Numantina, cuyo dueño, D. Marcos Rodríguez, tenía seis hijos que eran congregantes míos en el Patronato. Se comprometieron a tenerme en casa por lo menos para dormir. ¿Comer? Algunas veces en una casa de comidas por unas pesetas tomaba un plato de sopa caliente, y ¡a correr!; otras veces comía por la calle, y hasta solo fruta. Trabajando por la calle me veía más seguro que oculto en una casa. Como venía conmigo Nuestro Señor, hablábamos con frecuencia, hasta sentado en el suelo: no me resignaba a esconderme mientras pudiera confesar y repartir la sagrada comunión».

«En aquel piso, prosigue el P. Puche, nos confesamos el Padre Darío y yo, preparándonos al martirio; le ayudé dos días la misa en aquella casa; solo dos, pues a poco le indicó el portero al P. Darío que se esperaba un registro en toda la casa. Él me preguntó: y yo ¿a dónde voy?, le dije: Padre, vengase conmigo a la Posada Numantina: los dueños son de confianza… Me fui a consultarlo a la Numantina, me dijeron que sí, y me lo llevé. Era el 12 de Agosto. En la imprenta de Casa Nacher, amigos de confianza, le había hecho yo tarjetas de visita con el nombre de Joaquín Morató. La documentación falsa que llevábamos, con los nombres supuestos, nos la habían arreglado las Damas Catequistas y el H. Orengo».

De la Numantina el P. Darío apenas salía, y algún día no dejó salir al P. Puche para celebrar, por el peligro. Un día de aquellos sería, con todo, que visitó al P. Palanques, refugiado en casa de su hermano, Ensalada, 7, y le pidió albergue, pero «al indicarle yo, cuenta este Padre, que a mi no me permitían entrar y salir, desistió de quedarse. Quería que le dejaran salir para visitar a los Novicios y animarles, que era su obligación (decía)». También salió para celebrar en el oratorio del P. Basté los días 15 y 16 de Agosto. En cosa de un mes esto se acaba, parece que dijo. Y debió de ser el día 18 cuando le visitaron en la Posada el P. Basté y el H. Darder (el primero le visitó varias veces) y le contaron, delante del P. Puche, como les habían detenido el día antes, llevado al Comité y soltado poco después. El P. Darío les aconsejó que se ocultasen en otra casa. Si ya me han cogido! respondió confiadamente el buen Padre. Además, no sabemos otro domicilio…

Pero «después de unos días, ha recordado el P. Puche, arreció el peligro en la Numantina, y como los dueños tenían otra casa para huéspedes en la calle de Santa Teresa, nos pareció que se trasladase el P. Darío con mi madre allí. Así lo hicieron y vivieron dos o tres días con más peligro y miedo que en la Numantina, pues vivían en el piso otros huéspedes que no sabíamos que clase de gente eran, si bien parecían militares y de Madrid. Como el Padre Darío alternaba con ellos y llegó a jugar al ajedrez o al dominó con ellos, notaron que era el Padre un señor muy superior a ellos en formación intelectual, etc. Y se volvieron el P. Darío y mi madre otra vez a la Numantina conmigo».

A un peligro sucedió otro mayor. El último jueves de agosto, día 27, fue a casa Verges una hermana del P. Darío y dijo a doña Concha Escofet: ¿Qué sabe de mi hermano? Pregúntele de mi parte si quiere que le saquemos un salvoconducto por medio de un amigo suyo de Izquierda Republicana. Se entrevisto Dª Concha con el Padre; este escribió en un papel que consignasen que era trabajador en la librería de Casa Pascual, ese papel lo llevó a la plaza de Nuels, n° 2, la madre del P. Puche; lo copió Dª Concha para que la letra del Padre no fuese reconocida; y allí fue a recogerlo la hermana por la tarde. Mas he aquí que al día siguiente dos agentes de Salud Pública, en un registro que practicaron en casa de dicha hermana, pillaron aquella copia dejada sobre una mesa. La hermana, tan sencilla ella y tan sin malicia que todo lo decía, llegó a confesar que aquella lera era de doña Concha, cuyas señas dio. Y, naturalmente, los agentes se la llevaron, con el billete, a casa Verges para un careo. ¿Conoce Vd. al señor de esta nota? No, dijo Dª Concha. Si, Vd. le conoce afirmo inocentemente la hermana. Solo le conozco para confesar, hubo de añadir la señora. ¡Pero si Vd. ha escrito esto! Esta señora lo ha dicho, repusieron los agentes. Y se las llevaron a las dos en un taxi a las Torres de Cuarte.

«En seguida avisamos al Padre por medio de Rosario, dice D. Luis Verges, para que se fuera de donde estaba». «Rosario, confirma el P. Puche, nos avisó de la detención de las dos señoras…, y esperábamos que ellas declararían quien era ese Joaquín Morató (P. Darío) y donde vivía. Huimos aquella misma noche: el P. Darío, con mi madre y una niña de los dueños de la Posada, se fueron buscando refugio casa por casa. Todas las puertas se les cerraban; en casa Amorós, p. ej., tenían lleno; temían, y con razón, comprometerse. ¡Que noche aquella! ¡Que cara más angustiada llevaba el P. Darío! Sabíamos, además, que le buscaban con la fotografía del carnet con que, hacía poco, había ido a Roma, que habían encontrado en la plaza de Canalejas, n°12. Por fin mi madre le dijo: Vamos a una casa conocida, de un albañil, Francisco Fort, calle de Serranos, 31. Y ella delante, y el detrás, chaqueta al hombro, volviéndose ella de vez en vez a ver si el seguía. Por fin en aquella portería, que yo conocía por ser los porteros congregantes del Patronato, allí pudo esconder al P. Darío aquella noche. Yo huí a otra casa».

«Los agentes de Salud Pública, añade el Sr. Verges, al ir por él, a la Numantina, como ya no estaba, vinieron aquí otra vez y nos dijeron que el pájaro ya voló, que nosotros le habíamos avisado y que, si no decíamos dónde estaba, nos llevarían a todos a la cárcel. Se encontraron con el chofer al recorrer la casa, y le amenazaron con una pistola, diciéndole que él sería el que había llevado el recado; y se lo llevaron también preso a las Torres. Esto fue el día 30 de agosto, en que también mataron a mis dos hijos, sacándolos del »Legazpi«, tercero y último barco-prisión, y después de este día ya no supimos más del P. Darío».

Viendo, pues, al día siguiente, 29, sábado, los PP. Darío y Puche que no iban por ellos, supusieron que la hermana del primero y D. Concha no habían querido descubrirle y resolvieron volver a la Numantina.

Pero estaba de Dios que el Padre diese más tumbos. Aquel domingo, 30, estaban él, la familia del P. Puche y éste tranquilos en la Posada, cuando vieron pasar frente a la ventana a unos policías preguntando por ellos. Al rápido aviso de la señora de don Marcos, sin ser vistos de los policías, el P. Darío, echándose la chaqueta al hombro a lo obrero, y el P. Puche haciéndose acompañar por su hermana, se evadieron por otra escalera. Ya no les encontraron; pero se llevaron preso al Sr. Rodríguez por no haber declarado lo que ellos querían. «Precisamente cuando yo salía de casa detenido por evitar que lo fuese el P. Darío, ha dicho don Marcos, me crucé con el P. Basté, a quien afortunadamente nadie le dijo nada».

Era cerca de la una cuando el P. Darío se dirigió a casa de Dª María Antonia de Oleza, Marsella, 2. María, le dijo, escóndame, porque vengo fugitivo… Lo siento es que el dueño de la Numantina le han detenido por mi, y está en las Torres de Cuarte…

« Padre, acaban de decirme esto: haga Vd. lo que crea más conveniente; por nosotros no se vaya… Pero el Padre se levantó luego y se despidió de nosotros. Yo le recordé que teníamos el Santísimo en casa, y él me contestó que en buenas manos estaba y que lo guardase yo…»

«El P. Darío ha dicho la Sra. De Oleza, vino el domingo, 30 de Agosto, a mediodía. Llevaba gafas negras y vestía un jersey a rayas y encima un guardapolvo algo roto, bastante desastrado. Yo bajé unos escalones y le abracé: al verle de aquel modo me pareció ver al mismo Jesucristo y le dije que por qué no había venido antes, que yo le tendría escondido y nadie pensaría nada ni se figurarían que yo pudiese tenerle escondido. Después de espera un poco a ver si venían por él, vimos que no venía nadie y nos fuimos a la mesa con el H. Mateo, a quien tenía en casa desde el 12 de agosto. Comimos tranquilamente, pues el que está en gracia de Dios está tranquilo, y después le metí en mi habitación y me pidió un rosario, y allí se estuvo. Nadie pensó que yo tenía un Padre y un Hermano jesuitas en casa. Pero el miércoles quiso salir. Bien le dije que no saliera a la calle, ya que de verle salir sospecharían, pues nunca habían visto salir hombres de mi casa, si no era mi hijo; le dije que yo sufriría mucho desde que saliese hasta que volviese; pero siempre me contestaba que era necesario salir, pues alguien desearía tener misa y era un deber suyo. Me decía: No tema, María; solo será lo que Dios quiera; y si no nos volvemos a ver, ya nos veremos en el cielo. Pero yo no podía consentirlo, porque había alguien en el vecindario, que ahora está en la cárcel, de quien yo no me fiaba. Interrumpamos aquí añadiendo que el 4 de septiembre, primer viernes, visitó aquella casa el P. Basté llevando la sagrada comunión por la mañanita, y que el P. Darío la distribuyó a todos, quedándose con la reserva. Así estuvimos, prosigue la señora de Oleza, hasta el 5 de septiembre, día en que, como en otros pasados, nos dio la sagrada comunión; y después me dio a guardar las formas consagradas. Las guardé dentro de 20 cajas, una pequeña, otra mayor, otra más grande, etc., hasta 20. Después de comer me dijo una señora del piso 2°: Doña María, acaban de decirme que de hoy a mañana van a venir a registrar estos pisos. Yo le contesté: que vengan cuando quieran; aquí estamos. Pero yo en seguida me fui al cuarto donde el Padre estaba descansando, y le dije muy bajito: Padre, acaban de decirme esto: haga Vd. lo que crea más conveniente; por nosotros no se vaya… Pero el Padre se levantó luego y se despidió de nosotros. Yo le recordé que teníamos el Santísimo en casa, y él me contestó que en buenas manos estaba y que lo guardase yo…».

El P. Darío se fue a la buena de Dios aquella tarde del sábado, 5; atravesó media Valencia, hasta que por la calle topó con la señora madre de nuestro P. Alcayna, Dª Manuela González. ¿No me conoce?, le dijo en voz baja; a su casa iba. Y ella le recibió llena de caridad. Pero pronto comprendió que tampoco allí tendría libertad para entrar y salir. ¡Era tan natural el temor y tan grave el peligro! Al día siguiente, domingo, envió el Padre a Dª Manuela a la calle de Marsella, 2, para que recogiese el Santísimo, allí confiado a la piedad de la señora de Oleza. Ésta, que no se fiaba de nadie, le dijo que no sabía de qué le hablaba, y que ya lo preguntaría a su marido (fingido, el H. mateo); pero más tarde, al volver Dª Manuela con seguridades que excluían todo engaño, le dio la cajita vacía, pues quisieron comulgar antes de manos del H. mateo. Precisamente poco antes había sido aprehendido en fragante en aquella escalera el P. Basté. «Después de comer, ha contado Dª Manuela, me dijo el P. Darío si quería hacer oración con él. Vamos a hacer oración los dos, le dijo, para que el Señor nos abra un camino… Y después de buen rato de recogimiento dijo: Bien, si no encuentro sitio, volveré, o bien me presentaré al Gobernador… ¡Es tan triste saber que le van buscando a uno!...».

¿A dónde se dirigió? Con seguridad a visitar al P. Reboll, todavía a hora de comer, en casa de nuestro H. Zabala, Guillén de Castro, 30. «P. Darío, ¿Vd. por aquí?, Dice que le dijo el Padre Reboll. Si, chico: me persiguen, y muy de cerca. Hoy mismo pensaban cogerme, pero acaban de coger al P. Basté que venía a visitarme a mi piso, y por fortuna no me encontraron a mi… Se fue en busca de Pensión. Iba enteramente desconocido: gorra que le cubría hasta las cejas, patillas hasta media mejilla, sin afeitar, bigote espeso, chaqueta burda que apenas decía con el resto del vestido, en los pies alpargatas blancas ya bastante usadas…: diríase un representante de carbones. Yo, al verle alejar, quédeme, como toda la familia, temblando por su suerte, que fue adversa en verdad como vine a saber unos días más tarde».

De allí se fue a la Subida del Toledano, callejuela al pie del Miguelete, n° 6. No tardó mucho en saberlo por una señora la Hª Dolores Llorens, de la Sociedad Angélica, que el Padre vivía ahora en una portería de aquel callejón. He visto al P. Darío huyendo, pues le buscan con afán, y él lo sabe. Si le viera…; está hecho una facha; parece un contrabandista; da compasión. Se ha metido en una portería de una familia que es de Bolivia, en la Subida del Toledano. ¡S le viera usted!... Caritativa, la Hermana se apresuró a socorrer al Padre con abundante comida, temerosa de que la familia despidiese al Padre por falta de alimentos; y así comían todos. El Padre dijo a aquella señora intermediaria con la Hª Dolores: Llevo tanto sufrido, que no lo puedo resistir; si esto dura más, yo me entrego a las autoridades y que hagan lo que quieran de mí…

Parece que el Padre pasó las dos primeras noches sentado en un banquillo, sin poder descansar, ya por no haber cama, ya porque estaba siempre asustado y no tenía tranquilidad. Después subió al piso-pensión, y descansó y celebró, pues había otros sacerdotes ocultos. No fueron muchos días, tres o cuatro; pues allí, como llevase el cabello y la barba muy crecidos, hizo llamar a un peluquero cerca de mediodía. Qué tal sería aquel barbero, no lo sabemos, ni si le delataría. El hecho es que antes de las 2 de la tarde, ya seis pistoleros fueron en coche por el.

Dª Dolores González Campuzano cuenta: «Estando en la sala de detenidos del Gobierno Civil, llego el Padre, creo que a media tarde, el 13 de Septiembre, vestido de paisano, con traje gris claro: lo conocimos en el acto; pero nada dijimos. Mi tía, en una de las vueltas que dio para cambiar de postura, se acercó a él y cambiaron algunas palabras. Parece que el Padre le dijo: Desearía un escapulario, pues no lo llevo y no quisiera morir sin él. Al contestar mi tía a esto, le dijo: ¡Que se ha de hacer! Precisa la sangre inocente para lavar tantas iniquidades de los culpables… Y le dio su escapulario. Le llamaron a declarar, no recuerdo si antes o después de esta escena. Mi hijo álvaro, allí mismo, en la sala, confesó con él, pues le habían tomado declaración Apellániz y otros forajidos del mismo calibre y creía le asesinarían aquella noche. Cuando nos bajaron al calabozo, no estaba en los de aquella parte el padre. Mi hijo le encontró después en la Modelo».

En efecto, en el «Índice General desde 14 septiembre 1936» que obra en las oficinas de aquella Prisión, figura inscrito el P. Darío son sus verdaderos nombres, los de sus padres Joaquín e Inocencia, su domicilio de Canalejas, 12, y que ingresó el 14 procedente del Juzgado del Gobierno Civil, «entregado por la Guardia de Seguridad»

Allí estaba ya el H. Martí, desde el 22 de julio; el P. Puche, desde el día 4 de septiembre, primer viernes; y el P. León, desde el día 12, fiesta del Nombre de María. El día 15, fiestas de los Dolores Gloriosos de la Virgen, a consecuencia de la irrupción catastrófica de la célebre Columna de Hierro de la noche anterior, el P. Puche fue nombrado por la mañana ordenanza del piso medio de la galería 1ª, al mediodía escribiente y por la tarde enfermero. Esto era lo que él más deseaba y había pedido mucho al médico y a Dios para poder ejercitar así la caridad con los enfermos y presentarles los auxilios espirituales. Pues bien; este Padre cuenta que «al instalarme el día 16 en el pabellón de la enfermería y verme suelto por toda la prisión, después de las faenas del oficio, me dediqué a recorrer todos los patios y galerías buscando a los Nuestros y me encontré primeramente con mi Superior y compañero de escondite de días antes, el Rdo. P. Prepósito Darío Hernández, que estaba en la galería 4ª, celda 405, que había ingresado dos días antes, el 14, la noche del asalto de la columna de Hierro… Nos abrazamos, le di algunas cositas de comer, le entregué mi cabecera que me había enviado a mí mi familia; nos volvimos a confesar para morir, como habíamos hecho mutuamente días entes donde estábamos escondidos; nos animamos al martirio y a prepararnos para morir. Desde entonces le visité muchas veces en el patio y en su celda».

En el patio se veía también con el P. Antonio de León y con el H. Simeón Martí «Recuerdo, ha escrito el primero, que me confesé con él, y después me dijo: Yo no me confieso hoy porque hace pocos días hice confesión general con el P. Puche. ¡El Señor le iba preparando para lo que sucedió después! El H. Orengo le iba llevando aquellos días dinero, alimentos y ropa.

Aunque parecía que era desconocido, todos sabían quién era. Un día que pasaba en fila con los demás presos, dijo un oficial de Prisiones: Este es el capitán general de los jesuitas.

El martes 29 de Septiembre, ha dicho también el P. Puche, como de costumbre, estuvimos paseando en el patio de la 4ª galería; no recuerdo si aquella tarde nos confesamos»

Pocas horas después le sacaban. En el citado «Índice General» de la Modelo se lee: «libertad 29-9-36»; y «Libertado en virtud de orden (unida al expediente de Pascual Planells del tribunal Especial de Instrucción Popular del Comité Ejecutivo Popular de esta ciudad».

«A la mañana siguiente, ha escrito también el P. León, el ordenanza Miguel Ramos, al abrirme la puerta para tomar el desayuno, me dijo: ¿Sabe Vd. a quién se llevaron anoche?, ¿a quién?, Pues al Prepósito. Pero debió salir para bien, pues se lo llevaron a las ocho y media de la noche. A los que sacaban para fusilarlos, solían venir a buscarlos a horas más intempestivas; pero esta regla tenía sus excepciones… Dijeron que lo había sacado el Comité de Buñol, su pueblo natal, para salvarle».

«Pero este rumor, ha dicho el P. Puche, no comenzó a correr sino en Noviembre»

Fue para matarle. «Como aquel día, añade el mismo Padre, no tenía yo visita, pero le tocaba a la galería 2ª y allí estaba don José Muñoz; me fui a él y le dije: D. José, haga el favor de decir a su familia que diga a la mía que esta noche han sacado al Padre Darío, y que vea si le encuentran en el Cementerio. Así lo hicieron, y desde la cárcel mi madre y mi sobrina Dolores se fueron al Cementerio y entre el montón de cadáveres de aquella noche, en la última mesa del depósito, reconocieron al P. Darío; dos veces pasaron por delante de él para asegurarse que era él, y en voz baja se dijeron: ¿verdad que es el P. Darío Hernández? Vestía camisa azul a rayas (la que la había dado últimamente el H. Mateo) y la cara la tenia muy ensangrentada, ya como amoratada. La caja estaba como abierta por la corpulencia del Padre. Aquella tarde mi hermano Pablo vio el cadáver y confirmó ser el P. Darío». Le reconocieron también: un tal Juan Aguiló, por el detalle de las cejas, y dice que los cadáveres estaban atados de pies; el chófer Antonio Barberá, que había llevado muchas veces al padre en su coche; y el H. Orengo, el cual dice no podía jurar fuera él, tan desfigurado estaba.

La ficha del Cementerio general de Valencia dice que fue levantado su cadáver en el Picadero de Paterna el día 30 de septiembre, y según las fotos de su grupo debió de morir a consecuencia de hemorragia cerebral traumática. Al fotografiarle no le lavaron la sangre seca que se ve le regó la cara. Fue enterrado, el 1 de octubre, en la sección 5ª derecha, cuadro1°, fila 7ª, letra L, el quinto de la fosa, o sea el primero que se encuentra al abrir la fosa.

¿Quién fue el asesino?, se pregunta el P. Puche. Me contaron, dice, en la Cárcel el hermano de nuestro P. Ferris y el farmacéutico de Yecla Sr. Ortega que, estando ellos detenidos en el Gobierno Civil de Valencia, en el mismo calabozo había un individuo preso de la FAI que se gloriaba de haber sido el que mató al Superior de los Jesuitas. Al salir el Sr. Ferris del calabozo, sus compañeros de prisión creían que se iba en libertad y entonces «el asesino del Superior de los Jesuitas» le echó en el bolsillo del señor Ferris una carta para que la llevase a su destino y en ella pedía protección, pues era un miliciano de la FAI y estaba allí como un fascista. El Sr. Ferris, como no fue a la calle sino a la Modelo, tampoco llevó la carta, pero la leyó por ser de tal pájaro. El señor Ortega me contaba después, en la Modelo, que aquella noche que salió el Sr. Ferris para la Modelo él se mareó y pidió al centinela que le sacase un poco a la puerta del calabozo en el patio. El centinela se compadeció y estando allí sentado en el patio vio como vinieron unos milicianos en un coche y le dieron un papel al centinela para que les entregase el detenido que pedían. El centinela obedeció y el Sr. Ortega vio que a quien sacaban «en libertad» era al asesino del Superior de los jesuitas. El infeliz iba con mucho miedo y por detrás venía un miliciano haciéndole ademán de matarle con una pistola. Subió al coche con los milicianos y desapareció. Al poco tiempo volvieron los milicianos y dijeron al centinela: Ese ya está paseado».

Cuanto a Dª Balbina, la hermana del P. Darío, hoy fallecida, continuaba incomunicada en la cárcel de mujeres el 6 de Octubre. En ese día le enseñaron una foto del P. Darío. ¿Éste es su hermano?, Si. Pues ya está concluido su asunto. ¿Y Vd. está todavía aquí? Ya se puede Vd. marchar en libertad. Así lo ha contado Josefa, la hermana del P. Puche, que estaba también en la prisión con Dª Balbina.

También Dª Concha Escofet «estuvo incomunicada 37 días, dice D. Luis Verges, y algunos días después declaró, y al preguntarles ella por qué la habían tenido tanto tiempo incomunicada, le contestaron que porque se habían olvidado de ella; y el 28 de Octubre la pusieron el libertad, así como al chófer».

Cuando el 25 de marzo próximo pasado fue exhumado el cadáver del P. Darío, se le identificó perfectamente: por su corpulencia, por la camisa a rayas que se vio en la foto (las iníciales de la camisa apareciendo agujereadas por un tiro al corazón), por las alpargatas blancas que llevaba en la Modelo, por la frente, la boca, las heridas del cráneo. Es más: «Al trasladarle de caja, dice el P. Puche, vimos caerle un portamonedas, que había sido del Hermano Mateo y éste reconoció; y yo, antes de abrir el portamonedas, le dije al H. mateo: Dentro del portamonedas llevará un rosario de hilo que yo le di en la Cárcel Modelo; y así fue: había el Rosario de cuerda y unos billetes del Banco rojos».

Don Juan Pablo Pérez Caballero, presidente del Monte de Piedad de Valencia, uno de los testigos de la exhumación y traslado al panteón de la Compañía, ha dicho: «No tenía mi presencia en aquel lugar otro objeto que el cariño y grande respeto que siempre he sentido hacia todos los Padres y Hermanos de la Compañía de Jesús, en especial por el P. Darío Hernández Morató, a quien, por su santidad, sabiduría y bondad, no sabré nunca agradecer la amistad con que nos distinguió tanto a mi mujer como a mi».

«Damos gracias a Dios por habernos regalado el testimonio de estos jesuitas, que con la entrega de su vida han llevado a plenitud su vocación de mas seguir e imitar al Señor que entregó su vida por la vida del mundo. Son una gracia para la Iglesia estos hermanos y sacerdotes, que supieron llevar hasta el final, y en unas circunstancias muy penosas, de las que podían haber escapado años antes, su lealtad a Cristo y el deseo de en todo amar y servir», cumbre de la espiritualidad ignaciana.

En su biografía, y no sólo en su muerte, brilla ante nosotros, con fuerza especial, la fidelidad radical y extrema a la fe y a la vocación en circunstancias harto comprometedoras; el sentido de pertenencia a la Compañía de Jesús, como referencia básica, irrenunciable e innegociable de identidad y como solidaridad llena de riesgos con sus compañeros en dificultad; el sentirse y confesarse hijos de la Iglesia con todas las consecuencias; la voluntad de perdón explícitamente expresada en el momento de la muerte. Virtudes vividas todas ellas en grado heroico; una heroicidad que, ciertamente no se improvisa.

Murieron porque permanecieron: no abandonaron al Pueblo de Dios al que sus vidas servían, ni abandonaron a sus hermanos en peligro. Estoy convencido de que en ellos vamos a encontrar intercesores que ayuden nuestra debilidad. Los veneramos como regalo del Padre, como invitación del Hijo y como impulso del Santo Espíritu. Su ejemplo nos invita a la fidelidad al Corazón de Cristo hasta la muerte, si fuere necesario. La fecundidad de su sangre derramada dará nuevas posibilidades a nuestro compromiso evangelizador».

Darío Mollá sj.
Provincial de la Compañía de Jesús. Provincia de Aragón. (Valencia 2001)
Beatificación de los Mártires e la Compañía de Jesús.