En la cúpula, centro de la capilla encontramos esta pintura, que nos recuerda la Apocalíptica visión del evangelista san Juan, sobre Cristo «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo»: La Pascua.
« Es él el que va a asumir el control de los acontecimientos y a ejecutar el plan de Dios. Gracias a la sangre del Cordero la liberación está ya en camino »
El pueblo de Israel vivía como esclavo en Egipto y Dios decidió liberarlo. Un día les mandó sacrificar un cordero por familia y comerlo, para poder iniciar con fuerzas la gran marcha por el desierto.
Les mandó, además, que marcasen sus puertas con la sangre del cordero, para que el ángel del Señor no matara a sus primogénitos, como iba a hacer con los primogénitos de los egipcios. Ese fue, pues, el cordero de la liberación y de la vida (Ex 12). Jesús instituyó la Eucaristía cuando los judíos se disponían a celebrar la Pascua -fiesta anual que recordaba la liberación-, y murió cuando todas las familias judías estaban matando los corderos para la cena pascual. Con eso quiso decirnos que él es el Cordero que, con su muerte, nos da la verdadera libertad y la vida definitiva.
Y la Eucaristía es la cena pascual auténtica, el alimento que libera y vivifica.
El cordero expiatorio.
Dios le mandó a Moisés que, una vez al año, en la fiesta solemne de la Expiación, impusiera las manos sobre un macho cabrío, como para descargar sobre él todas las culpas de los israelitas, y que después lo soltara por el desierto. Era un modo de significar que Dios olvidaba y perdonaba las culpas del pueblo (Lv 16,20-22). Jesús dijo: «Esta es mi sangre..., que se derrama por todos para el perdón de los pecados».
La muerte de Jesús, cuyo efecto nos llega en la Eucaristía, es la fuente definitiva del perdón El Cordero místico. Pero sobre todo en la cúpula podemos ver la referencia que ofrece el apocalipsis en el capítulo quinto que trata de la visión del Cordero degollado. En la mano de Dios está un libro cerrado con siete sellos (5,1). Nadie es capaz de abrir el libro (5,3). Juan llora (5,4). Es la situación de las comunidades. Ellos lloran porque creen que Dios ya no controla la historia. Alguien dice: «No llores, ha vencido el león de la tribu de Judá, el retoño de David; él abrirá el libro y sus siete sellos» (5,5). Juan ve entonces «un Cordero... como degollado» (5,6).
Es Jesús, que acaba de entrar en el cielo, llevando en su cuerpo las señales de la pasión. Jesús recibe el libro de las manos de Dios (5,7), y se convierte así en el Señor de la historia (5,13). Es él el que va a asumir el control de los acontecimientos y a ejecutar el plan de Dios. Gracias a la sangre del Cordero la liberación está ya en camino.
El está ya liberando al pueblo (5,9-10). Resucitando de la muerte, Jesús recibió todo el poder y asumió el liderazgo: a él «la gloria y el poder por los siglos de los siglos» (5,13). El imperio va a ser derrotado por el Cordero (17,14). Y como en el antiguo éxodo (Ex 15,1-22), también ahora todos estallan en un «cántico nuevo» de alabanza (5,9.12-14).