Iglesia Parroquial San Pedro Apóstol en Buñol

Pinturas y Frescos

Pechinas Capilla de la Comunión

Comentario sobre las Pinturas y Frescos, de la Parroquia de San Pedro Apóstol de Buñol.

Como sustentando la cúpula, en sus pechinas, se nos ofrecen cuatro personajes bíblicos que son figuras eucarísticas: Melquidesec, Sansón, Abel y Noé.

Melquisedec

MelquidesecMelquidesec

(La oblación de Melquisedec) Este misterioso personaje, que es presentado como rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, aparece de forma repentina e inesperada en la vida de Abrahán, ofreciéndole pan y vino, y bendiciendo al patriarca y a Dios por haberle dado la victoria sobre reyes poderosos (Gén 14,18-20).

El personaje vuelve a salir en el famoso Salmo «Oráculo del Señor a mi señor», que proclama la dignidad sacerdotal del rey davídico: «Tú eres sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec» (Sal 110,4).

Este Salmo es uno de los más citados en el Nuevo Testamento, incluso por el mismo Jesús (Mt 22,41-46). Sobre todo la Carta a los Hebreos, en una larga exposición (Hb 7-8), aprovecha el paralelismo con Melquisedec para presentar a Jesús como sacerdote único, supremo y eterno porque, como Hijo que es, asegura la relación perfecta con Dios.

Y este único sacerdote ha ofrecido de una vez para siempre un único sacrificio, su propio cuerpo y su propia sangre. Por otra parte, toda la tradición cristiana resaltará como profecía el tipo de ofrenda que hizo Melquisedec: el pan y el vino, que son los signos de la Eucaristía.

Sansón

SansónSansón

El nombre Sansón significa sol; Jesús es llamado «Sol de justicia».
Un ángel apareció a la madre de Sansón y le dijo: «Eres estéril y no tienes hijos, pero concebirás y parirás un hijo que será nazareno de Dios. Es él quien comenzará a liberar a Israel de los filisteos.

El ángel Gabriel dijo a María: He aquí que concebirás en tu seno y parirás un hijo a quien pondrás por nombre Jesús. él salvará a su pueblo de sus pecados». Y Jesús habitó en Nazaret, cumpliendo la profecía: «Será llamado Nazareno». Sansón eligió su mujer de entre los filisteos y le confió sus secretos; Jesús forma su Iglesia de pueblos paganos y le confía el depósito de su doctrina.

Encerrado en Gaza, Sansón arranca, en medio de la noche las puertas con los cerrojos y las lleva a través de una emboscada de soldados hasta lo alto de una montaña; encerrado tres días en la tumba, Jesús quiebra, durante la noche, las puertas y los cerrojos de la muerte, y las carga a través de sus gradas hasta el cielo, donde la muerte nada puede contra él ni contra sus elegidos.

Sansón muere voluntariamente, bajo las ruinas de un edificio que derriba y, a través de su muerte; Jesús, muriendo voluntariamente, derriba el poder del demonio. Esta figura de Sansón nos revela que el Mesías nacerá de una manera milagrosa, que elegirá la Iglesia, su esposa, entre los gentiles, y que a través de su muerte obtendrá una victoria completa. Este es el que muriendo, perdonara los pecados de todos. Es el Cristo Eucaristía, entregado y que se nos ofrece para nuestra salvación.

Noé

NoéNoé

Fue la consolación de su padre Lamech: esto es lo que significa el nombre Noé; Jesús (este nombre significa Salvador) es, por la salvación que procura a los hombres, la consolación del Padre Eterno, que el pecado había irritado.

Noé fue un hombre justo y perfecto en medio de los hombres de tu tiempo; Noé, por orden de Dios, construyó un arca que debía salvar a todo aquellos que estaban con él. Jesús estableció la Iglesia, especie de arca providencial.

A la vez que construía el arca, Noé no dejaba de predicar la penitencia y no dejaba de decir a los judíos: «Hagan penitencia; si no hacen penitencia, perecerán todos»; y  nadie le escuchaba. Después del sacrificio ofrecido a la salida del arca, Dios Hizo alianza con Noé; después del sacrificio de la cruz, Dios lo hizo con Nuestro Señor, y mediante él con los hombres, una alianza que será eterna. Noé repobló la tierra; nuestro Señor la pobló de justos, y el cielo de santos.

Abel

AbelAbel

(La ofrenda de Abel) «Mira con bondad esta ofrenda y acéptala como aceptaste los dones del justo Abel», reza la Plegaria Eucarística I. Se hace aquí referencia a la primera ofrenda, según la Biblia, que un hombre hace a Dios y que Dios acepta. Los dos primeros hermanos, Caín y Abel, ofrecen al Señor algo de lo que tienen; pero el Señor «se fijó en Abel y su ofrenda, más que en Caín y la suya» (Gén 4,4-5).

Y esta diferencia será precisamente la causa de la muerte de Abel, asesinado por su hermano. La Carta a los Hebreos comenta así este pasaje: «Por la fe, ofreció Abel a Dios un sacrificio mejor que el de Caín, por ello fue declarado justo, con la aprobación de Dios a sus ofrendas; por ello, aunque muerto, sigue hablando» (Hb 11,4). Y la misma Carta relacionará después la sangre de Abel con la de Jesús: «...Jesús, el mediador de la nueva alianza, que nos ha rociado con una sangre que habla más elocuentemente que la de Abel» (Hb 12,24). Es evidente que la alusión a Abel en la Eucaristía quiere destacar dos cosas.

Primero, que nuestra ofrenda sólo será aceptable a Dios si la hacemos con fe. Y, en segundo lugar, recordando que lo que Abel ofreció en realidad fue su propia vida, tomamos conciencia de que Jesús nos redimió al precio de su propia sangre. O posiblemente Isaac: (El sacrificio de Abrahán) Un día Dios le pidió al primer creyente que, como prueba de su fe y confianza en él, le sacrificara al único hijo que tenía. Abrahán no dudó en ofrecer a Isaac, pero Dios, al comprobar su decisión, no dejó que se consumara el sacrificio y le presentó un cordero, para que lo matara en vez de su hijo (Gén 22).

El recuerdo del célebre sacrificio del patriarca planea también sobre la Eucaristía por varias razones. Ante todo, como ejemplo de nuestra fe, es decir, de nuestra entrega total y libre a Dios, uniéndonos a la ofrenda total de Cristo. Pero es que, además, Dios, en el caso de Jesús, llegó al extremo que no quiso permitir a Abrahán: «No perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros» (Rm 8,32).

Y por eso en la Eucaristía recordamos y celebramos que «tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único» (Jn 3,16). Y una última sugerencia nos la ofrece también la Carta a los Hebreos al comentar que Abrahán, al ofrecer a Isaac, «pensó que Dios tiene poder hasta para resucitar muertos y por eso recobró a Isaac como figura del futuro» (Hb 11,19). Así, el sacrificio de Abrahán es también figura de la resurrección de Cristo que celebramos en la Eucaristía.